Nunca vi demasiado fácil eso de olvidar a alguien que me cala hondo, quizá ese es el motivo por el que me convertí en una piedra durante mucho tiempo e incluso demasiado. Digo demasiado porque pasé un largo período de tiempo sin necesitar olvidarme de alguien, hasta que apareció él, después de cinco años de relación basada en "hola" y "adiós", volvió con más fuerza que nunca, con conversaciones eternas, visitas nocturnas, ánimos y café cuando sabía que me tocaba pasar la noche en vela estudiando, cosquillas sin venir a cuento, únicamente porque le hacia gracia lo nerviosa que me ponía; domingos de sofá, manta, peli y palomitas compartidas; los "escríbeme cuando llegues", "ten cuidado", "no cojas el móvil mientras conduces"; las conversaciones estúpidas y aquellas en las que los dos nos volvíamos más reflexivos y críticos que nunca... Y después de un año, un año de besos de llegada, en el sofá, en la cocina... después de un año de abrazos de despedida como si fuera el último momento de nuestras vidas, hacemos un parón que no sé muy bien quien de los dos ha iniciado, porque ni siquiera nos dimos tiempo a hablarlo, solo dejamos de hacerlo.
Y hoy me inunda esa sensación de que pasaré otros cinco años siendo aquella piedra sumergida en el fondo del mar, a la que nadie tiene acceso, hasta que vuelvas a aparecer entre la multitud, con tus camisas de chico serio y tu sonrisa de niño; sólo o agarrado a la mano de alguien, para quedarte, para volver a empezar un ciclo nuevo, otro puto círculo vicioso, o, simplemente, para dejar que me haga fuerte otra vez.
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