Para ir creciendo.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Nunca vi demasiado fácil eso de olvidar a alguien que me cala hondo, quizá ese es el motivo por el que me convertí en una piedra durante mucho tiempo e incluso demasiado. Digo demasiado porque pasé un largo período de tiempo sin necesitar olvidarme de alguien, hasta que apareció él, después de cinco años de relación basada en "hola" y "adiós", volvió con más fuerza que nunca, con conversaciones eternas, visitas nocturnas, ánimos y café cuando sabía que me tocaba pasar la noche en vela estudiando, cosquillas sin venir a cuento, únicamente porque le hacia gracia lo nerviosa que me ponía; domingos de sofá, manta, peli y palomitas compartidas; los "escríbeme cuando llegues", "ten cuidado", "no cojas el móvil mientras conduces"; las conversaciones estúpidas y aquellas en las que los dos nos volvíamos más reflexivos y críticos que nunca... Y después de un año, un año de besos de llegada, en el sofá, en la cocina... después de un año de abrazos de despedida como si fuera el último momento de nuestras vidas, hacemos un parón que no sé muy bien quien de los dos ha iniciado, porque ni siquiera nos dimos tiempo a hablarlo, solo dejamos de hacerlo.
Y hoy me inunda esa sensación de que pasaré otros cinco años siendo aquella piedra sumergida en el fondo del mar, a la que nadie tiene acceso, hasta que vuelvas a aparecer entre la multitud, con tus camisas de chico serio y tu sonrisa de niño; sólo o agarrado a la mano de alguien, para quedarte, para volver a empezar un ciclo nuevo, otro puto círculo vicioso, o, simplemente, para dejar que me haga fuerte otra vez.
Distancia de seguridad. No sé exactamente como se hace, puede que siempre me deje llevar por lo que siento en cada momento y por eso, para mí, las medias tintas no existen, pero contigo es distinto.
Después de darle muchas vueltas a la cabeza, de sentir que eras el único capaz de hacerme llorar riendo y reír llorando, he llegado a la conclusión de que esto no es sano, al menos no lo es para mí. Hemos entrado en un bucle en el que ni sé como se sale ni estoy segura de querer hacerlo. Sólo sé que parece que cuando consigo sacarte durante al menos un rato de mi cabeza llegas con esos aires misteriosos que te envuelven y con sólo una palabra consigues que me ponga a temblar; eres tan capullo y a la vez tan dulce que me enganchas de una manera increíble, sin importarme que te escondas durante días o que, en ocasiones, mi dignidad acabe arrastrada y pisoteada por la suela de tus bonitas zapatillas. 
Puede que el intento de querer tomar esa distancia de seguridad contigo se convierta en uno de los muchos intentos del año del tipo "el lunes me pongo a dieta", "el lunes salgo a correr"... igual poco a poco te has convertido en un auténtico reto en mi cabeza, de esos que por más empeño que pongo en conseguirlo - contigo lo he intentado todo - al final siempre acabamos de la misma manera: en la cama, días sin saber nada el uno del otro y vuelta a empezar. Siempre el mismo puto bucle. 

Hombre lobo.

viernes, 10 de abril de 2015

Y hoy hace tanto tiempo que no nos buscamos, que se me olvidó el valor de las miradas escondidas por la calle, el sentido de las medias sonrisas, lo que era desgastar mi vida rozando la tuya. 

Me olvidé del sabor de los orgasmos cuando no eran tus sábanas las que me daban cobijo, de cómo perder el norte buscando tu sur y sentir que allí es donde quería estar. 

Olvidé las largas tardes buscando lugares secretos, como presos condenados por vivir como queríamos, alocados, sin ataduras ni prejuicios.

Y hoy hace tanto tiempo que no busco tu luna, que creo que es cierto eso de que no querías ser hombre lobo sólo de vez en cuando, que puede que el juego de los fugitivos haya llegado a su fin, que quizás ya hay alguien que consiguió que todas tus lunas sean llenas.